domingo, 29 de mayo de 2022

AMOR Y LIBERTAD


Es frecuente, en nuestra sociedad, utilizar ciertas expresiones consideradas como “naturales” que, desde mi punto de vista, dan lugar a confusión.

Dado que suelen ser utilizadas en las relaciones afectivas y en especial entre progenitores  y vástagos, siento la responsabilidad de cuestionar si realmente son adecuadas o deberíamos pensarlo dos veces antes de formularlas.

Me refiero en primer lugar a la repetida frase: “Me siento orgullosa/o de ti”. Suele decirse con énfasis y simulando que sale del corazón. Nada me parece más lejos de la realidad, pues lo que a mí me sugiere es la idea de que el hijo, la hija, el aprendiz, en fin, he realizado una hazaña para gloria de su padre, madre o maestro. Lejos de enaltecer la figura de quien ha superado el reto por sí mismo, al relacionarla con otra persona, que de alguna manera aparece como más grande, hace del vínculo cadena, sumisión y ofrenda a esa figura “superior” que, por otra parte, es quien se vanagloria de los logros ajenos ¿Puede haber mayor arrogancia? ¿Dónde queda el amor?

La otra fórmula generalmente utilizada como expresión de cariño, me parece igualmente engañosa: “Te echo de menos”. A veces, he presenciado cómo padres y madres enseñan a sus crías cuando son pequeñas, a decirse eso como un mensaje de amor. Pero si lo analizamos, la carga que encierra es todo lo contrario.

La frase equivale a decir: “si tú no estás a mi lado, yo me siento mal”. De esa manera, quien la escucha se siente encadenado a la persona que la expresa. Porque, de manera súbita e inconsciente, le acaban de cargar con la responsabilidad de hacer feliz a la otra persona. Es una carga demasiado pesada.

Más pronto que tarde, sentirá la obligación de no alejarse demasiado para asegurar el bienestar de quien ama y se lo dijo en algún momento. Alguien que parece necesitar que otro le proporcione lo que en sí mismo no es capaz de encontrar. Está aprendiendo la carencia y la dependencia afectiva.

Ese proceso no puede estar más alejado del amor. Porque, en el caso de padres e hijos, éstos, si han interiorizado el mensaje, temerán traicionar a sus padres, si hacen lo que la vida les pide, que es desplegar las alas y echar a volar lejos del nido, para construir su propio destino.  

Pongo en cuestión dos fórmulas familiares que pueden hacer un gran daño a quien las recibe.

Como madre me he cuidado de no utilizarlas, ya que, desde el principio de escucharlas en alguna ocasión, me parecieron sospechosas. Ahora me doy cuenta de que tampoco mis padres las usaron nunca y me siento agradecida por ello. Siempre he animado a mis hijos a vivir sus experiencias, sabiendo que yo estoy bien conmigo misma y que ellos no tienen ninguna obligación sobre mi bienestar.

El amor debería abrir de par en par las puertas de la libertad, con la única recomendación de que vaya siempre acompañada de responsabilidad. Ojalá sepamos transmitirlo a los que vienen después. 

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