Hasta hoy no he podido escribirte.
Hace días que nos dejaste y sin embargo mi voz permanecía
en silencio, las palabras habían huido, no tenía un lenguaje que pudiera
expresar mi sentir.
El misterio de la vida y la muerte en su más cruda
realidad, me paralizaba en un vacío sin nombre, donde era imposible encontrar
un sentido, una explicación, un consuelo.
Poco a poco, como una niña que teme dar el siguiente
paso, he rodeado el hecho en su brutal contundencia.
En ese recorrido me he encontrado con imágenes, palabras,
recuerdos, sensaciones que, en una zona intermedia de realidades, me ha llevado
a conectar con el magnífico Ser que habitaba tu cuerpo.
En mi pequeñez, no he podido desvelar el misterio en su infinita
dimensión, pero he sentido con total certeza cómo en ese “irte”, has liberado
una oleada sutil de amor que nos ha envuelto como una suave brisa a los que te queremos.
Y los problemas ya no lo eran y nuestras bobadas desaparecían y lo que antes nos parecía importante se convertía en nimio y lo que a
veces olvidábamos se hacía prioritario. Y nos sentíamos unidos como nunca
antes.
He tenido la extraña comprensión de que ese amor, el tuyo, durante cincuenta y siete años nos estuvo nutriendo, inspiró admiración y respeto, se fue expresando en dulzura, comprensión, calidez, suavidad, presencia, disponibilidad, sabiduría, claridad, servicio…. En tu mirada y en tu gesto.
Estaba en la complicidad
con tu madre, nuestra querida tía Mari, en el compartir con Paz, con Ángel y con todos nosotros, en la firme unión con Rosa, tu compañera…Haciéndose vida en Paula y Miguel…Y hasta
materializándose en vuestra casa nueva.
Quizá la vida sea solo eso, una expresión visible del Amor que
nos constituye, con nuestro color y nuestro aroma personal para dejar esa huella inconfundible en el mundo.
Una gran lección.
Por todo ello, querido primo Antonio, solo puedo decirte
¡Gracias!
Con todo mi amor,
Mamen
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