jueves, 16 de mayo de 2019

DE CÓMO ORGANIZAR UNA CASA AMBULANTE Y NO MORIR EN EL INTENTO

La Tessoro en el jardín es un elemento discordante; parece fuera de lugar. Pero intento no ser muy purista porque es la única forma de llenarla con mis cosas.

¿He dicho llenarla? ¡Qué tentación!

Lo primero los libros, a ver…¿Qué libros me voy a llevar? Los de cabecera ¡claro! Y los de consulta por si acaso; no estoy muy segura de conseguir tener Internet a bordo. Y los de sabiduría milenaria, que son como mis guías y los de alimentación y salud, porque pretendo cuidarme bien, que para eso voy a poder cocinar yo misma, y los de humor para pasar un buen rato con Mafalda, por ejemplo, algunas novelitas y poesía ; luego toda la caja de cuadernos que quiero repasar…

El que sea tan espaciosa esta Tessoro no facilita la contención, precisamente. Así que me dispongo a rellenar toda la parte superior delantera con sujeta-libros y todo. Ahí también van la esterilla de yoga y el taco de apoyo, la cajita con las cosas de meditar, el sombrero de paja y ese artilugio delicioso para hacer cosquillas en la cabeza; también una carpeta con folios y los folletos de garantías de los aparatos con sus libros de instrucciones correspondientes.

Y así poco a poco todos los rincones del habitáculo van recibiendo su título de “utilidad para la causa”. Varios días de mucho pensar y dudar; de imaginar y decidir, para dar a cada cosa su mejor lugar.

Satisfecha de ir haciendo con eficacia la tarea propuesta, se lo quise mostrar a un amigo que pasaba por allí. Abro el primer armarito y sale disparada una caja de madera llena de sobres de infusiones de todas clases que me entretuve en colocar cuidadosamente. La caja estampada y rota, los sobrecitos de hierbas por el suelo y nosotros con cara de bobos.

Con paciencia y con amor se consigue todo, Carmela, vuelve a empezar. Repaso los armarios con sumo cuidado para ver si hay algo descolocado que pueda seguir la misma suerte que la caja de madera. Todo parece perfecto. Y sigo con otra cosa.

Por ejemplo “los calzos”. Son una especie de triángulos ondulados con la anchura de una rueda que yo imaginaba usarlos para que la caravana no se deslizara cuesta abajo, pero no, Iñaki me contó que eran para nivelar, así que con su ayuda hice la primera práctica de compensar la inclinación del suelo. Tengo que subir las ruedas en esa montañita de plástico resistente. Me pongo al volante y… Allá voy!

Después de un intento fallido vuelvo a intentarlo y eh aquí que empieza a llover sobre mi cabeza toda la literatura universal que formaba mi pequeña biblioteca ambulante.

Cosas de novata. En realidad, ¿Para qué quiero llevar tantos libros de papel? ¡Con los inventos maravillosos que hay ahora y que, en un palmo contienen todo lo que está escrito y si te descuidas, lo que no!

Pues eso, cosas de novata.

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