Este planeta Tierra que habitamos está diseñado con exquisito gusto, pensado para proveer de todo lo necesario a sus habitantes, plagado de tales maravillas y milagros que si no estuviéramos acostumbrados a ellos nos parecerían verdaderos prodigios imposibles.
La Inteligencia creadora que lo
ha hecho posible, ha expresado su infinito Amor por medio de la belleza que
asoma por todas partes, en cualquier rincón, en el ritmo de las estaciones, en
la diversidad de los paisajes y climas, en cada ser vivo, mineral, animal o
humano.
De todo ello el ser humano, con
su característica diferenciadora, la consciencia, constituye el prototipo más
perfecto que haya existido nunca en este planeta.
Miramos toda esta riqueza, toda
esta belleza, toda esta sabiduría y generosidad y el alma se ensancha,
anhelando disfrutar de este paraíso terrenal del que su creador jamás nos ha
echado, porque si no, no estaríamos aquí.
Y estamos aquí por propia
elección. Sí, somos seres espirituales, conciencias ilimitadas, que por alguna
razón, un día decidimos pasar por la experiencia de habitar un cuerpo material
en este planeta. Quizá para incorporar aprendizajes evolutivos que precisan
encarnarse físicamente para ser asimilados por todo nuestro grupo de
referencia. Ese grupo de seres, compañeros de evolución que nos contemplan
admirados y nos animan a seguir avanzando.
Entonces ¿cómo explicar el caos
que reina por doquier y que básicamente ha sido producido por la acción de los
seres humanos?
Aquí es necesario admitir que la
elección de “probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”
conllevaba un riesgo incierto. El riesgo de respetar el libre albedrío de cada
individuo de la especie humana en un mundo dual. El riesgo de poder elegir
cualquier camino, de provocar cualquier desastre, de desvariar y volver a
empezar, de romper y distorsionar, de experimentar sin más límites que la
propia condición humana.
Y la inteligencia creadora lo
sabía. Pero aún así lo permitió. Como ahora aquí, desde nuestra perspectiva de
adultos, vemos a nuestros niños dar pasos vacilantes y a nuestros adolescentes
despistarse a cada paso. Ese experimentar para saber, equivocarse para
aprender, caer hasta tocar fondo para sacar fuerzas de no se sabe dónde y
renacer de las cenizas una y otra vez, es el precio de la libertad. Y merece la
pena. Por eso todos los seres que habitamos este planeta en estos momentos
hemos elegido aventurarnos en este impredecible viaje.
Conviene no perder de vista esta
perspectiva, sobre todo cuando aparecen los problemas en nuestro día a día. Es
muy diferente verse envuelto en una vorágine de emociones agobiantes
aparentemente sin salida, a observar “lo que me está pasando” con el interés de
un investigador que pretende llegar hasta el fondo del fenómeno que le ocupa.
Qué aprendizaje me trae esta experiencia, qué me está queriendo decir la vida
con esta piedra en el zapato, qué elecciones he hecho hasta llegar a este
punto. Y siempre cabe la rectificación, el cambio de rumbo, las segundas,
terceras, cuartas… oportunidades.
Nadie nos echó del paraíso. En
realidad vivimos en él aunque no nos hayamos percatado; la rutina, las
costumbres, nuestras cosas, las prisas, el cansancio, nos tienen demasiado
absortos para poderlo ver ¡Y es tan hermoso!
A veces parece que todo se derrumba
en nuestro pequeño mundo. Es entonces, en ese vacío de la perplejidad, cuando
los velos caen y nos encontramos cara a cara con la verdad. Es en ese silencio
interior donde parece que no hay respuesta alguna, cuando aparece la sublime
belleza de la vida misma y se despliega ante nuestros atónitos ojos la
maravilla de la existencia. Y comprendemos que la Belleza es la expresión del
Amor, de ese Amor que mueve el Universo, ese Universo que es nuestra casa. Y
sentimos la certeza de que en cualquiera de sus rincones donde nos encontremos,
construiremos un nuevo hogar y seguiremos evolucionando sin límite.
Desde esta visión los problemas
de aquí parecen tan pequeños...! Y lo mejor de todo es que ya no es posible
volver a la mirada asustada de antes. Nos hemos elevado un poco y la vista es
muy diferente. Como cuando subimos a una cima y lo que ocurre en el valle que
se extiende abajo ya no nos afecta tanto.
Es un ejercicio interesante para
darnos cuenta de que seguimos habitando en el paraíso terrenal, aunque a veces
las nieblas bajas no nos dejen ver.
Y es en estos momentos convulsos
de la humanidad cuando más necesario se hace tomar conciencia de donde estamos
realmente. Admirar la belleza que hay alrededor y también dentro de cada uno de
nosotros; ver la luz en mi y en ti; elegir disfrutar de todos los milagros de
la vida; decidir, por qué no, ser una fuente de milagros; comprobar el poder de
nuestro Amor; salir a la vida con la fuerza y la alegría de quien vive en el
mejor de los paraísos y compartir el mensaje de que experimentar el
cielo en la tierra es posible ahora. Solo depende de nuestra elección.

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