lunes, 6 de noviembre de 2017

RECUPERAR EL PARAÍSO


Este planeta Tierra que habitamos está diseñado con exquisito gusto, pensado para proveer de todo lo necesario a sus habitantes, plagado de tales maravillas y milagros que si no estuviéramos acostumbrados a ellos nos parecerían verdaderos prodigios imposibles.
La Inteligencia creadora que lo ha hecho posible, ha expresado su infinito Amor por medio de la belleza que asoma por todas partes, en cualquier rincón, en el ritmo de las estaciones, en la diversidad de los paisajes y climas, en cada ser vivo, mineral, animal o humano.
De todo ello el ser humano, con su característica diferenciadora, la consciencia, constituye el prototipo más perfecto que haya existido nunca en este planeta.
Miramos toda esta riqueza, toda esta belleza, toda esta sabiduría y generosidad y el alma se ensancha, anhelando disfrutar de este paraíso terrenal del que su creador jamás nos ha echado, porque si no, no estaríamos aquí.
Y estamos aquí por propia elección. Sí, somos seres espirituales, conciencias ilimitadas, que por alguna razón, un día decidimos pasar por la experiencia de habitar un cuerpo material en este planeta. Quizá para incorporar aprendizajes evolutivos que precisan encarnarse físicamente para ser asimilados por todo nuestro grupo de referencia. Ese grupo de seres, compañeros de evolución que nos contemplan admirados y nos animan a seguir avanzando.
Entonces ¿cómo explicar el caos que reina por doquier y que básicamente ha sido producido por la acción de los seres humanos?
Aquí es necesario admitir que la elección de “probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal” conllevaba un riesgo incierto. El riesgo de respetar el libre albedrío de cada individuo de la especie humana en un mundo dual. El riesgo de poder elegir cualquier camino, de provocar cualquier desastre, de desvariar y volver a empezar, de romper y distorsionar, de experimentar sin más límites que la propia condición humana.
Y la inteligencia creadora lo sabía. Pero aún así lo permitió. Como ahora aquí, desde nuestra perspectiva de adultos, vemos a nuestros niños dar pasos vacilantes y a nuestros adolescentes despistarse a cada paso. Ese experimentar para saber, equivocarse para aprender, caer hasta tocar fondo para sacar fuerzas de no se sabe dónde y renacer de las cenizas una y otra vez, es el precio de la libertad. Y merece la pena. Por eso todos los seres que habitamos este planeta en estos momentos hemos elegido aventurarnos en este impredecible viaje.
Conviene no perder de vista esta perspectiva, sobre todo cuando aparecen los problemas en nuestro día a día. Es muy diferente verse envuelto en una vorágine de emociones agobiantes aparentemente sin salida, a observar “lo que me está pasando” con el interés de un investigador que pretende llegar hasta el fondo del fenómeno que le ocupa. Qué aprendizaje me trae esta experiencia, qué me está queriendo decir la vida con esta piedra en el zapato, qué elecciones he hecho hasta llegar a este punto. Y siempre cabe la rectificación, el cambio de rumbo, las segundas, terceras, cuartas… oportunidades.

Nadie nos echó del paraíso. En realidad vivimos en él aunque no nos hayamos percatado; la rutina, las costumbres, nuestras cosas, las prisas, el cansancio, nos tienen demasiado absortos para poderlo ver  ¡Y es tan hermoso!

A veces parece que todo se derrumba en nuestro pequeño mundo. Es entonces, en ese vacío de la perplejidad, cuando los velos caen y nos encontramos cara a cara con la verdad. Es en ese silencio interior donde parece que no hay respuesta alguna, cuando aparece la sublime belleza de la vida misma y se despliega ante nuestros atónitos ojos la maravilla de la existencia. Y comprendemos que la Belleza es la expresión del Amor, de ese Amor que mueve el Universo, ese Universo que es nuestra casa. Y sentimos la certeza de que en cualquiera de sus rincones donde nos encontremos, construiremos un nuevo hogar y seguiremos evolucionando sin límite.

Desde esta visión los problemas de aquí parecen tan pequeños...! Y lo mejor de todo es que ya no es posible volver a la mirada asustada de antes. Nos hemos elevado un poco y la vista es muy diferente. Como cuando subimos a una cima y lo que ocurre en el valle que se extiende abajo ya no nos afecta tanto.

Es un ejercicio interesante para darnos cuenta de que seguimos habitando en el paraíso terrenal, aunque a veces las nieblas bajas no nos dejen ver.

Y es en estos momentos convulsos de la humanidad cuando más necesario se hace tomar conciencia de donde estamos realmente. Admirar la belleza que hay alrededor y también dentro de cada uno de nosotros; ver la luz en mi y en ti; elegir disfrutar de todos los milagros de la vida; decidir, por qué no, ser una fuente de milagros; comprobar el poder de nuestro Amor; salir a la vida con la fuerza y la alegría de quien vive en el mejor de los paraísos  y compartir el mensaje de que experimentar el cielo en la tierra es posible ahora. Solo depende de nuestra elección.



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